El coño de la Bernarda

No quiero sacar el carné de conducir, no lo necesito para nada, pero mi padre erre que erre.
El miércoles estaba tan pesado que puse la música a tope para no oírle y él entonces me gritó vete al c**o de la Bernarda.
Siempre que se enfada me manda ahí, vivimos en la calle Obispo Frutos y a La Bernarda se llega dando un paseo.
En cuanto salí por la puerta me siguió, todo el rato detrás mío. Estaba libre el tonel alto de la entrada, se sentó frente a mí y pidió lo habitual sin que mediara palabra entre nosotros. Hasta que no pudo aguantar.
-Si te lo vamos a pagar mamá y yo, luego si quieres conduces… —se paró de golpe porque empecé a reírme, le señalé entonces el bigote, se le había quedado pegada la salsa de las patatas cabreadas. Él también río mientras se limpiaba con la servilleta.
-Ahora no lo necesitas, pero luego, por trabajo o según donde quieras vivir, puedes arrepentirte.
-Viviré y trabajaré donde no lo necesite.
-Entonces no siempre podrás elegir lo que quieras.
-Papá, estamos en 2024, no hay necesidad de conducir para llegar a ningún sitio.
Solo quedaba una anilla de calamar en el plato.
-¿Para quién? —dije yo.
-Gana el primero que acierte el color del próximo coche que aparezca por esa carretera —propuso.
Dije blanco rápidamente, tenía la estadística a favor. Él dijo azul e incomprensiblemente ganó. Me ofreció repartir el calamar, pero las cosas son como son. Pagó y emprendimos la vuelta.
-Ves, si tuviéramos coche, en vez de volver paseando haríamos como esos que conducen hasta para ir a la panadería —le dije.
Él nunca había tenido coche, ni carné, no entiendo esa ahora conmigo.
-Echamos una partida al FIFA antes de ir a la cama —me propuso al llegar a casa.
-Lo que igual hago es presentarme a la prueba teórica, que sacaré con la gorra, y luego ya veo —le dije mientras le metía la habitual goleada.
Él meneó la cabeza levemente, sonrió y dijo:
-Vete al c**o de la Bernarda.



